Este es el espacio de encuentro del Colectivo "José Eustasio Rivera", Relata Huila. Aquí se tejen en filigrana textos que representan los anhelos y logros literarios del grupo
miércoles, 29 de septiembre de 2010
martes, 21 de septiembre de 2010
El escritor Cristian Valencia visita Renata Neiva
Por Betuel Bonilla Rojas
La noticia de falsa alarma acerca de una avalancha en Betania, en la década del ochenta, será el tema que desarrollará el narrador, cronista y columnista de opinión Cristian Valencia en la visita al taller “José Eustasio Rivera”, Renata Neiva. Cristian Valencia, quien escribe para El Tiempo y ha publicado crónicas en revistas como Cromos, Gatopardo, Credencial y Soho, estará en Neiva los días 27 y 28 de septiembre haciendo un trabajo de aprestamiento al género de la crónica con los escritores miembros de Renata Neiva. El escritor Betuel Bonilla Rojas, director del Taller en Neiva, manifestó que, dentro del programa de ‘escritores asociados’ que lidera la Red Nacional de Talleres Literarios, asociada al área de Literatura del Ministerio de Cultura, la visita de Valencia es un logro muy importante para el grupo ya que la crónica permitirá abordar temáticas que han tenido eco en el grupo pero que aún no se han adelantado por falta de un acompañamiento de primer nivel.
La agenda de trabajo incluye reunión y ejercicio de escritura con los veinte escritores de Renata Neiva durante todo el 27 de septiembre, y charla abierta sobre literatura y opinión pública en la mañana del 28. Previo a la jornada con el escritor, para los dos días se han leído y analizado crónicas de Valencia, como la historia del Biblioburro, en un pueblo de la Costa Caribe colombiana, o la trágica historia de Poñoño, un habitante de la antigua Calle del Cartucho. Si bien el día lunes la reunión atañe sólo a los miembros del Taller, el día martes la convocatoria es para que asistan todos los interesados en compartir opiniones con el invitado.
La jornada será inaugurada por la maestra Nubia Monje, secretaria de Cultura y Turismo del Huila, como quiera que dicha Institución cofinancia el proyecto Renata en la ciudad de Neiva. Los dos eventos tendrán como sede la Biblioteca Departamental “Olegario Rivera”. Miguel Darío Polanía, director de la misma, articuló la actividad al Plan Nacional de Bibliotecas Públicas y adecuó para tal fin las instalaciones.
Cristian Valencia nació en Santa Marta, Colombia, en 1963. Ha publicado las novelas El rastro de Irene y Bitácora del dragón, ambas con la editorial Planeta; el libro de crónicas Hay días en que amanezco muerto, con la editorial Random House Mondadori. En 1992 fue declarado primera mención en el Concurso Nacional de Cuento organizado por el entonces IDCT, en Bogotá. En el año 2000, la Primera Mención del Concurso Iberoamericano de Crónica, Cronistas del siglo XXI, convocado por la revista Gatopardo para toda Latinoamérica.
lunes, 22 de junio de 2009
Petra y el muerto
Por: Gladys Ramos
—¿Quién es aquella que está rondando el féretro? —repuso Claudina frunciendo el ceño—. ¿De quién es amiga?, no la conozco, no recuerdo haberla visto —repitió con aire de curiosidad.
—Es la amiga de Rocío —dijo con timidez Vera, su nieta.
—Me extraña que sea amiga de Rocío, ella jamás me la ha nombrado —Claudina levantó los ojos y los dirigió a la mujer que daba la espalda y estaba a no menos de un metro, muy cerca del cajón del muerto.
La mujer vestía de morado y sin elegancia, daba vueltas y miraba a Claudina de reojo, sin atreverse a darle el pésame.
—¡Por favor, llévensela, me fastidia! —replicó la viuda.
—No, mamá, cómo voy a hacer eso, déjela, déjela, seguro es alguna de las empleadas de mi papá. Rosa tranquilizó a su madre.
Ella no tardó en acercársele a la mujer. Con voz frágil le dijo:
—Hay, qué pena, no recuerdo su nombre, gracias por venir.
Petra se quedó callada e hizo el gesto de estar orando. Eran las 9:40 de la noche. En la sala de velación de la Funeraria La Paz había poca gente, unas diez personas acompañaban a la viuda. El velorio se interrumpió. Una montonera de gente subía por la calle octava. Una mujer, ataviada con un vestido anchísimo, lleno de bolsillos repletos de mercancía, gritaba:
—¡Salgan que nos ahogamos, se vino la represa!
Petra quedó inmóvil frente a la viuda.
—¿Se lo ayudo a cargar? —le dijo con voz lastimera.
—No, no… ya para qué, pronto llegará don Gerardo a embalsamarlo, se lo llevará la corriente.
Rosa se despidió de don Honorio:
—Papacito, papacito, nos tenemos que ir, protéjanos —e invitó a Petra a seguirlas.
Petra se negó de manera rotunda. Sin apresurarse, se dirigió nuevamente al ataúd, levantó la tapa con cuidado y se quedó lela, contemplando al muerto, que tenía los ojos cerrados.
Afuera los gritos aumentaban. La sala estaba desierta. El aroma de las flores y una música celestial parecieron embargarla. Recordaba allá, en la hacienda La Dominga, los deslices del patrón de su padre. Ella tenía entonces veintiocho años. Honorio cabalgaba en el moro y la seguía al río, donde ella se bañaba en medio de la naturaleza exuberante, acordonada de maizales que la hicieron desgranar sus frutos ante la dulzura de las cañas que Honorio le partía para que chupara, cañas que se fueron agitando en las tardes y que enloquecieron al jinete.
La muchacha oraba con los ojos cerrados, inclinándose de cuando en cuando, rozando su cara con la del muerto: el aguerrido Honorio Perdomo, sano, bonachón y buen patrón. En una de sus oraciones agregó quejumbrosa:
—¡Amor mío, cuánto te quise! —gemía como una niña chiquita. Se inclinó para besarlo, pero de pronto una mano fuerte la tomó por el cuello.
—¡Petra¡ ¡Mi Petra! —repetía el muerto, enderezándose con movimientos lentos.
La muchacha, como paralizada, lo miró con ojos desorbitados. El hombre le pidió ayuda para no romperse las costillas.
—¡Ay, ay, aaayyy… —gritó, y salió del cajón,
Petra trató de correr pero el hombre la detuvo, abrazándola fuertemente y diciéndole:
—Es nuestra oportunidad, volémonos para siempre. Dejaré una carta en la que diga que por motivo del caos se llevaron al muerto, seguramente para robarle la dentadura de oro, que valía como doce millones de pesos.
La carta la firmó en nombre de don Gerardo, el dueño de la funeraria. Honorio escribió rápidamente la nota. Tomó fuertemente de la mano a Petra, y salieron de prisa.
Hasta hoy nada se sabe del muerto.
—Es la amiga de Rocío —dijo con timidez Vera, su nieta.
—Me extraña que sea amiga de Rocío, ella jamás me la ha nombrado —Claudina levantó los ojos y los dirigió a la mujer que daba la espalda y estaba a no menos de un metro, muy cerca del cajón del muerto.
La mujer vestía de morado y sin elegancia, daba vueltas y miraba a Claudina de reojo, sin atreverse a darle el pésame.
—¡Por favor, llévensela, me fastidia! —replicó la viuda.
—No, mamá, cómo voy a hacer eso, déjela, déjela, seguro es alguna de las empleadas de mi papá. Rosa tranquilizó a su madre.
Ella no tardó en acercársele a la mujer. Con voz frágil le dijo:
—Hay, qué pena, no recuerdo su nombre, gracias por venir.
Petra se quedó callada e hizo el gesto de estar orando. Eran las 9:40 de la noche. En la sala de velación de la Funeraria La Paz había poca gente, unas diez personas acompañaban a la viuda. El velorio se interrumpió. Una montonera de gente subía por la calle octava. Una mujer, ataviada con un vestido anchísimo, lleno de bolsillos repletos de mercancía, gritaba:
—¡Salgan que nos ahogamos, se vino la represa!
Petra quedó inmóvil frente a la viuda.
—¿Se lo ayudo a cargar? —le dijo con voz lastimera.
—No, no… ya para qué, pronto llegará don Gerardo a embalsamarlo, se lo llevará la corriente.
Rosa se despidió de don Honorio:
—Papacito, papacito, nos tenemos que ir, protéjanos —e invitó a Petra a seguirlas.
Petra se negó de manera rotunda. Sin apresurarse, se dirigió nuevamente al ataúd, levantó la tapa con cuidado y se quedó lela, contemplando al muerto, que tenía los ojos cerrados.
Afuera los gritos aumentaban. La sala estaba desierta. El aroma de las flores y una música celestial parecieron embargarla. Recordaba allá, en la hacienda La Dominga, los deslices del patrón de su padre. Ella tenía entonces veintiocho años. Honorio cabalgaba en el moro y la seguía al río, donde ella se bañaba en medio de la naturaleza exuberante, acordonada de maizales que la hicieron desgranar sus frutos ante la dulzura de las cañas que Honorio le partía para que chupara, cañas que se fueron agitando en las tardes y que enloquecieron al jinete.
La muchacha oraba con los ojos cerrados, inclinándose de cuando en cuando, rozando su cara con la del muerto: el aguerrido Honorio Perdomo, sano, bonachón y buen patrón. En una de sus oraciones agregó quejumbrosa:
—¡Amor mío, cuánto te quise! —gemía como una niña chiquita. Se inclinó para besarlo, pero de pronto una mano fuerte la tomó por el cuello.
—¡Petra¡ ¡Mi Petra! —repetía el muerto, enderezándose con movimientos lentos.
La muchacha, como paralizada, lo miró con ojos desorbitados. El hombre le pidió ayuda para no romperse las costillas.
—¡Ay, ay, aaayyy… —gritó, y salió del cajón,
Petra trató de correr pero el hombre la detuvo, abrazándola fuertemente y diciéndole:
—Es nuestra oportunidad, volémonos para siempre. Dejaré una carta en la que diga que por motivo del caos se llevaron al muerto, seguramente para robarle la dentadura de oro, que valía como doce millones de pesos.
La carta la firmó en nombre de don Gerardo, el dueño de la funeraria. Honorio escribió rápidamente la nota. Tomó fuertemente de la mano a Petra, y salieron de prisa.
Hasta hoy nada se sabe del muerto.
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