Este es el espacio de encuentro del Colectivo "José Eustasio Rivera", Relata Huila. Aquí se tejen en filigrana textos que representan los anhelos y logros literarios del grupo
domingo, 3 de julio de 2011
Del seguro contra robos de autos, de Abdón Ubidia
Otra joya de la brevedad. En este caso, en una selección del cuento ecuatoriano publicada por la editorial Monte Ávila, me encontré con esta otra maravilla. El propio Abdón Ubidia autorizó su publicación vía blog para que podamos disfrutar de su lectura. A él, nuestro más sincero agradecimiento por su generosidad. Además, tenemos el enlace para visitar la página del maestro. http://www.ubidia.editorialelconejo.com/ Pronto estaremos buscando sus libros en físico para el trabajo en el taller.
Aquí va el cuento:
Del seguro contra robos de autos
Abdón Ubidia
El sistema funciona así: cuando el ladrón consigue entrar al automóvil ―cosa por lo demás nada difícil― y se sienta frente al volante, unos dispositivos accionados electrónicamente traban las puertas y aseguran las ventanas. La operación puede o no ser silenciosa. El segundo paso sobreviene cuando el intruso trata de arrancar el motor. Entonces, sobre el tablero de los instrumentos parpadea una luz roja. A continuación una voz grabada repite, cada treinta segundos, el mismo mensaje: “De aquí no podrá salir… De aquí no podrá salir”. Luego del tercer mensaje (esto ya ha sido computado) el ladrón, que ha insistido ya varias veces con el arranque, intenta huir. Pero, tanto puertas como ventanas están muy bien trabadas. No conseguirá abrirlas. Es cuando una aguja hipodérmica sale del asiento y le inyecta un preparado especial que le paraliza las piernas y le deja sin voz. Se ha establecido que, en un porcentaje muy alto de los casos, el ladrón ―bajo el efecto de la inyección― cree que todo lo que ocurre no es otra cosa que una pesadilla. Para evitarle tal error, la misma grabación le explica los pormenores del asunto. Y así todo queda listo para el último paso que, por desgracia, es harto desagradable pero, sin duda, necesario. El espaldar y el asiento se corren hacia la derecha (en los modelos ingleses hacia la izquierda) dejando al descubierto un sistema de engranajes y émbolos entre los cuales el ladrón es perfectamente triturado, comprimido y disuelto en un poderoso ácido inodoro cuya fórmula es un secreto de la casa fabricante. Luego, asiento y espaldar retornan a su posición normal, de tal manera que el propietario cuando entre a su vehículo y lo ponga en marcha no encuentre un solo indicio de lo que ha ocurrido ahí.
La casa fabricante garantiza que sólo en uno por ciento de los casos el dispositivo confunde ladrón con propietario.
sábado, 2 de julio de 2011
La revolución, de Slawomir Mrozek
Muy poco, por no decir nada, sabemos de la remota literatura polaca. De vez en cuando ciertos amigos, con contactos aquí o allá, lectores infatigables de literaturas esquivas, nos sugieren piezas magistrales. De esa manera llegó Slawomir Mrozek (la trascripción exacta de los acentos polacos es imposible con nuestros caracteres) y su libro La vida difícil. La mayor parte de su obra ha sido publicada, para fortuna nuestra, por la editorial Acantilado. Yo, al menos, lo considero toda una joya. Aquí va:
La Revolución
Slawomir Mrozek*
En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allá y en medio la mesa.
Hasta que esto me aburrió. Puse entonces la cama allá y el armario aquí.
Durante un tiempo me sentí animado por la novedad. Pero el aburrimiento acabó por volver.
Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable.
Trasladé la mesa allá y la cama en medio. El resultado fue inconformista.
La novedad volvió a animarme, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Pues sucedió que no podía dormir con la cara vuelta a la pared, lo que siempre había sido mi posición favorita.
Pero al cabo de cierto tiempo, la novedad dejó de ser tal y no quedó más que la incomodidad. Así que puse la cama aquí y el armario en medio.
Esta vez el cambio fue radical. Ya que un armario en medio de una habitación es más que inconformista. Es vanguardista.
Pero al cabo de cierto tiempo… Ah, si no fuera por “ese cierto tiempo”. Para ser breve, el armario en medio también dejó de parecerme algo nuevo y extraordinario. Era necesario llevar a cabo una ruptura, tomar una decisión terminante. Si dentro de unos límites determinados no es posible ningún cambio verdadero, entonces hay que traspasar dichos límites. Cuando el inconformismo no es suficiente, cuando la vanguardia es ineficaz, hay que hacer una revolución.
Decidí dormir en el armario. Cualquiera que haya intentado dormir en un armario, de pie, sabrá que semejante incomodidad no permite dormir en absoluto, por no hablar de la hinchazón de pies y de los dolores de columna.
Sí, esa era la decisión correcta. Un éxito, una victoria total. Ya que esta vez, “cierto tiempo” también se mostró impotente. Al cabo de cierto tiempo, pues, no sólo no llegué a acostumbrarme al cambio ―es decir, el cambio seguía siendo un cambio―, sino que al contrario, cada vez era más consciente de ese cambio, pues el dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo.
De modo que todo habría ido perfectamente a no ser por mi capacidad de resistencia física, que resultó tener sus límites. Una noche no aguanté más. Salí del armario y me metí en la cama.
Dormí tres días y tres noches de un tirón. Después puse el armario junto a la pared y la mesa en medio, porque el armario en medio me molestaba.
Ahora la cama está de nuevo aquí, el armario allá y la mesa en medio. Y cuando me consume el aburrimiento, recuerdo los tiempos en que fui revolucionario...
* Slawomir Mrozek (Borzecin, Polonia, 1930) estudió arquitectura, historia del arte y cultura oriental. Antes de darse a conocer como escritor, obtuvo cierto éxito como periodista y dibujante satírico. A partir de 1957, su carrera literaria se desdobla en dos facetas, la de autor dramático—que le ha merecido un reconocimiento universal y un extraordinario éxito popular—y la de narrador. Acantilado emprendió desde el 2001 la publicación de su obra narrativa. Entre sus libros destacan Juego de azar (Acantilado, 2001), La vida difícil (Acantilado, 2002), Dos cartas (Acantilado, 2003), El árbol (Acantilado, 2003), El pequeño verano (Acantilado, 2004), La mosca (Acantilado, 2005), Huida hacia el sur (Acantilado, 2008) y El elefante (Acantilado, 2010).
miércoles, 13 de abril de 2011
Así es que se empieza un cuento
Más allá de lo que digan algunos escritores, que recomiendan desobedecer cualquier precepto literario, siempre será mejor asegurar, de entrada, la lealtad de un posible lector. Aquí va un comienzo extraordinario, el primer párrafo del cuento "La cadena", del escritor de Alabama, Estados UNidos, Tobias Wolff. Ha sido tomado de la traducción de Mariano Antolín Rato, del libro Aquí empieza nuestra historia, de Alfaguara.
Brian Gold estaba en la cima de la colina cuando atacó el perro. Un animal grande, negro, como un lobo, atado a una cadena, saltó desde un jardín trasero y salió disparado hasta el parque, moviéndose con agilidad a pesar de la nieve profunda, en dirección a la hija de Gold. Éste esperó que la cadena tirara del perro y lo detuviese; pero el perro siguió avanzando. Gold se lanzó colina abajo, gritando. La nieve y el viento apagaron su voz. El trineo de Anna estaba casi al final de la pendiente. Gold le había levantado la capucha del anorak para protegerla de las ráfagas de viento, y sabía que no le podía oír a él ni ver al perro que corría hacia ella. Era consciente de la velocidad del perro y de su propio avance lento, del peso de sus botas de goma, de la pegajosa costra de debajo de la nieve reciente. El abrigo le batía contra las rodillas. Gritó una última vez cuando el perro arremetió, y en ese momento Anna se echó hacia atrás y el perro le alcanzó el hombro en lugar de la cara. Glod apenas estaba a mitad de la colina, agitando los brazos, los pies resbalándose dentro de las botas. Parecía correr sin avanzar, mantenido a una distancia fija, insalvable, del perro que arrastraba a Anna, tirándola del trineo y sacudiéndola como a un muñeco de trapo. Gold se tiró colina abajo y entonces la distancia se esfumó y estaba allí (p. 248).
Tobias Wolff
lunes, 28 de marzo de 2011
Dos grandes comprimidos
"La brevedad es una de las mayores virtudes de los buenos cuentistas", parecen decir a una sola voz quienes han pensado el asunto, desde la primera preceptiva de Poe. Esa brevedad, si se suma a la calidad estética, nos regala, a veces, geniales obras de arte. Aquí van dos muestras de esto. La primera, del escritor venezolano Luis Britto García; la segunda, del escritor mexicano Guillermo Samperio:
El monopolio de la moda
Luis Britto García
Ahora reposa y siéntate. Dentro de un instante entrará un vendedor a explicarte que tu televisor está pasado de moda y que debes comprar el nuevo modelo. En pocos minutos convendrás sin él las condiciones del crédito del precio y te dirás que en verdad una mañana de uso ya es suficiente. Al encender el nuevo aparato lo primero que notarás será que las modas del mediodía han cedido el paso a las modas de las dos de la tarde y que una tempestad de insultos te espera si sales a la calle con tus viejas corbatas de la una y veinticinco. Así atrapado, debes llamar por teléfono a la tienda para arreglar el nuevo crédito, a cuyos efectos intentarás dar en garantía el automóvil. El computador de la tienda registrará que el modelo es del día pasado y por lo tanto inaceptable. Lo mejor que puedes hacer es llamar al concesionario y preguntarle sobre los nuevos modelos de esta mañana. El concesionario te preguntará qué haces llamándolo por ese teléfono de modelo anticuado, y le dirás es cierto, pero ya desde hace media hora estás sobregirado y no puedes cambiar de mobiliario. No hay más remedio que llamar al Departamento de Crédito, el cual accederá a recibir el viejo modelo por el uno por ciento de su precio aunque la inversión bien lo vale. Calculas que eso te da tiempo para llamar a que vengan a cambiar el congelador y la nevera, pero otra vez el maldito teléfono anticuado no funciona y minuto tras minuto el cuarto se va haciendo inhóspito y sombrío. Adivinas que ello se debe al indetenible cambio de los estilos y el pánico te irá ganando, e inútil será que en una prisa frenética te arranques la vieja corbata e incineres los viejos trajes y los viejos muebles de ayer y las viejas cosas de hace una hora, aún de sus cenizas fluye su irremediable obsolescencia, el líquido pavor del que sólo escaparás cuando, a las cuatro, lleguen tu mujer y tus hijos cargados con los nuevos trajes y los nuevos juguetes, y tras ellos el nuevo vestuario y el nuevo automóvil y el nuevo teléfono y los nuevos muebles y el nuevo televisor y la nueva cocina, garantizados todos hasta las cinco, y el nuevo cobrador de ojos babosos que penetra sinuosamente en el apartamento, rompe tu tarjeta de crédito y te notifica que tienes comprometido tu sueldo de cien años, y que ahora pasas a los trabajos forzados perpetuos que corresponden a los deudores en los sótanos del Monopolio de la Moda.
Tiempo libre
Guillermo Samperio
Todas las mañanas compro el periódico y todas las mañanas, al leerlo, me mancho los dedos con tinta. Nunca me ha importado ensuciármelos con tal de estar al día en las noticias. Pero esta mañana sentí un gran malestar apenas toqué el periódico. Creí que solamente se trataba de uno de mis acostumbrados mareos. Pagué el importe del diario y regresé a mi casa. Mi esposa había salido de compras. Me acomodé en mi sillón favorito, encendí un cigarro y me puse a leer la primera página. Luego de enterarme de que un jet se había desplomado, volví a sentirme mal; vi mis dedos y los encontré más tiznados que de costumbre. Con un dolor de cabeza terrible, fui al baño, me lavé las manos con toda calma y, ya tranquilo, regresé al sillón. Cuando iba a tomar mi cigarro, descubrí que una mancha negra cubría mis dedos. De inmediato retorné al baño, me tallé con zacate, piedra pómez y, finalmente, me lavé con blanqueador; pero el intento fue inútil, porque la mancha creció y me invadió hasta los codos. Ahora, más preocupado que molesto, llamé al doctor y me recomendó que lo mejor era que tomara unas vacaciones, o que durmiera. Después, llamé a las oficinas del periódico para elevar mi más rotunda protesta; me contestó una voz de mujer que solamente me insultó y me trató de loco. En el momento en que hablaba por teléfono, me di cuenta de que, en realidad, no se trataba de una mancha, sino de un número infinito de letras pequeñísimas, apeñuscadas, como una inquieta multitud de hormigas negras. Cuando colgué, las letritas habían avanzado ya hasta mi cintura. Asustado, corrí hacia la puerta de entrada; pero antes de poder abrirla, me flaquearon las piernas y caí estrepitosamente. Tirado bocarriba descubrí que, además de la gran cantidad de letras hormiga que ahora ocupaban todo mi cuerpo, había una que otra fotografía. Así estuve durante varias horas hasta que escuché que abrían la puerta. Me costó trabajo hilar la idea, pero al fin pensé que había llegado mi salvación. Entró mi esposa, me levantó del suelo, me cargó bajo el brazo, se acomodó en mi sillón favorito, me hojeó despreocupadamente y se puso a leer.
sábado, 5 de marzo de 2011
Reunión Red Nacional de Escrituras Creativas, Nodos Centro y Oriente. Biblioteca Nacional, marzo 03 de 2011
Nodo Centro-Oriente
Zona Centro delibera sobre el nuevo nombre de la Red
Zona Oriente delibera sobre el nuevo nombre de la Red
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