domingo, 8 de junio de 2008

La verdadera libertad

Eduardo Tovar Murcia

Se sintió embargado por una felicidad inefable. El delito que le imputaron le otorgaba veinte años de reclusión. No le importaba. Allí tenía todo lo necesario para una confortable estadía. El lugar no era más amplio que un baño familiar, pero era suficiente para ser feliz. Las paredes eran grisáceas, con el hollín visible en los ángulos de las esquinas y la mugre cubriéndolo todo. Un camastro y un neceser eran los pocos enseres conque contaba la celda. Recostado contra la pared se encontraba su mayor tesoro, la razón de su felicidad en condiciones tan precarias para el común de la gente.

El día que ingresó allí, su única petición fue que le llevaran sus tan preciados libros. No era otra su razón de vivir. Leer durante todos esos años fue el mayor regalo que el estado le pudo conceder, esos veinte años de lectura incesante. Dejar de ver a su familia no fue el principal inconveniente. Hace ya bastantes años había perdido contacto con ellos. Tampoco dejar de asistir a sus clases en la universidad, donde los estudiantes dormitaban encima de los pupitres sin poner atención a lo que él decía. Además, de cierto modo se podía entender que él hubiese violado la norma docente, en un sentido estrictamente académico, y con el ánimo de buscar la tranquilidad intelectual. Sólo se sentía dolorido por sus colegas quienes, durante el resto de sus días, tendrían que seguir allí afuera, incrustados en sus ocupaciones, sin la oportunidad de experimentar la verdadera libertad.








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